Siglo XIX: Quito como protagonista del cambio urbano

24 enero 2023

Con la llegada del proceso independentista a inicios del siglo XIX y las respectivas guerras que llevaron a concentrar el interés en lo militar tanto a autoridades como a ciudadanos, las artes y la arquitectura sufrieron un periodo de decaimiento. La afamada Escuela Quiteña de Arte desapareció. Se detuvo la producción escultórica y la pictórica se limitó al retrato de los protagonistas de las gestas libertarias. Mientras que en lo que respecta a la construcción, quedó así misma limitada al máximo.

En este contexto, aparece el general Juan José Flores, primer presidente de Ecuador, que a partir de 1830 buscará construir el ideario nacional para un país que acababa de nacer tras su separación de Colombia. Flores utilizó la construcción como herramienta propagandística para lograr su fin y establecer una imagen sólida del Estado, empezando por la misma casa de Gobierno en Quito, que mandó a rediseñar totalmente en estilo neoclásico con el arquitecto francés Teodoro Lavezzari, entre 1845 y 1847. 

 

Así mismo, Flores alentó a la élite quiteña a rediseñar sus viviendas, intentando hacerlas pasar de las fachadas andaluzas virreinales, limpias y sin decoración, a las neoclásicas, recargadas y afrancesadas. Jean Baptiste de Mendeville, primer representante de Francia ante Ecuador, sería una figura clave en este primer momento de la arquitectura republicana. Junto a Lavezzari, quien era su subordinado, fueron los encargados de introducir el neoclasicismo al Ecuador mediante las construcciones que la élite les encargaba y realizaban a la par de sus labores diplomáticas. 

 

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Este nuevo código constructivo y arquitectónico se consolidó con el ascenso al poder de Gabriel García Moreno, que a mediados del siglo, desplegó una amplia labor constructiva a lo largo y ancho del país, trayendo para el efecto a profesionales extranjeros como el prusiano Franz Schmidt o el danés Thomas Reed. Ellos, además de introducir el estilo renacentista alemán, se encargaron de preparar a la primera generación de arquitectos empíricos locales, entre los que destaca el quiteño Juan Pablo Sanz. Con la creación de la Escuela Politécnica Nacional se empezó a formar a los primeros profesionales de la construcción como Gualberto Pérez, Rafael Antonio Sánchez, Alejandrino Velasco, Lino M. Flor, entre otros. García Moreno llevó rio público y, por supuesto, a los réditos que ya dejaba la exportación de cacao de la Costa. Se realizaron carreteras, puentes, casas de gobierno municipales, plazas, el Panóptico, la Escuela de Bellas Artes, y el Observatorio Astronómico.

 

Para Inés del Pino Martínez, en su publicación de 2009, ‘Ciudad y Arquitectura Republicana Ecuador’. al finalizar el siglo XIX, las viviendas de las familias importantes transformaron las fachadas añadiendo elementos de tipo neoclásico. Esta orden se mantuvo hasta el primer tercio del siglo XX. Se eliminó el alero y se escondió la cubierta de teja detrás de una balaustrada de mampostería, se alargaron las ventanas y se abrieron balcones hacia la calle. De esta manera, el balcón se convierte en una prolongación del espacio privado hacia el espacio público, viéndose como una tribuna para mirar y ser visto.

Internamente, se mantiene el patio interior; la disposición de ambientes y habitaciones alrededor de éste determina y delimita claramente los sectores de los propietarios y de la servidumbre (que era numerosa), espacios de uso público, de uso privado, y de servicios. El patio interior principal adopta la característica de jardín, a la manera de los parques públicos, alrededor de 1850. El módulo de patio cuadrangular con habitaciones y galerías alrededor se repite en la parte posterior del predio, alrededor del cual se construirían habitaciones para la familia que ha crecido o para arriendo. Se incrementa la altura de los entrepisos. No obstante, el espacio posterior continúa, siendo utilizado para actividades de servicios: huerta, corrales o caballerizas, es decir, la casa urbana del siglo XIX tenía en su interior, todavía, espacios destinados a actividades características del mundo rural.

 

En contraposición con la casa señorial, la casa pobre estaba formada por una hilera de habitaciones. Tenía una sola planta, cubierta de teja, a dos aguas, pocas ventanas y puertas anchas para permitir el ingreso de luz.

Esta casa no tenía patio interior, en su lugar, estaba una huerta en la parte posterior del predio. Hasta la primera mitad del siglo XX, las casas se construyeron con sistemas portantes, muros y arquerías de ladrillo; cubiertas de teja cocida, muros anchos y estables. La diferencia con las casas de las familias adineradas estaba en que estas tenían una mayor decoración y espacio. 

En cuanto a la arquitectura de las ciudades, y aunque a lo largo del siglo XIX el lenguaje decorativo migró hacia el neoclásico, en la Sierra se mantuvo la misma tipología virreinal del edificio desarrollado en galerías alrededor de un patio central. No solo porque ya se trataba de una costumbre arraigada, sino porque la mancha urbana de las ciudades se extendió muy poco. Y, por tanto, se seguía construyendo en los mismos predios de siglos atrás, lo que llevaba a reformar la fachada, pero también mantener el interior para abaratar costos.

En la Costa, en cambio, cuyas ciudades por tradición se habían levantado en madera por la abundancia y frescura de este material, siguieron la misma línea de materialidad. También se desarrollaron alrededor de un patio interior como en la zona andina, pero con las características chazas en las ventanas. Destaca, así mismo, la creación de soportales en las plantas bajas para aumentar el área de la vivienda hacia la calle, pero también para crear corredores techados.

 

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